Verbo Gris

El mundo que se evapora

Cuando no se cuenta con los medios para realizar un viaje, suelen buscarse alternativas que mitiguen el escozor que causa la ancestral necesidad humana de explorar nuevos territorios; la perpetua migración en busca de novedades y maravillas, de una posibilidad ajena a nuestras circunstancias y la mejoría de nuestra existencia; viajar es modificar la propia vida.

La lectura cumple a cabalidad este necesario periplo. Sumergirse entre las páginas de diversos libros equivale a recorrer territorios antes ignorados por el lector, y genera la necesidad de acercarse a nuevos textos conforme se avanza y se adquiere conocimiento de un espacio previo. El cine, las series, los videos en YouTube de viajeros que comparten su experiencia, también suelen suplir el traslado de un lugar a otro por los propios medios. Pero al menos a mí no me ha resultado tan enriquecedor como el desplazamiento textual. Mi mundo se ha edificado a través de lo que mis ojos han recorrido a lo largo de los años.

Otra forma de viajar grandes distancias sin gastar demasiado y en una relativa seguridad sedentaria, es recorrer Google Maps. Algo a lo que me he aficionado en los días de encierro, y que me ha golpeado esta semana con la contundencia de lo irremediable. Visitando desde la pantalla las antiguas librerías de ocasión en las que hallé puertos hacia los mundos más diversos, encontré que una de ellas ha colocado un aviso lapidario: Cerrado permanentemente. Los libros viejos ya no son al parecer un negocio redituable.

Me pregunto cuántas más van a desaparecer antes de que la contingencia sanitaria se estreche al punto de permitir la salida masiva hacia las ciudades que amamos, extrañamos o nos causan curiosidad. Cuántas cerrarán dejando un vacío y miles de libros sin un puerto que nos enlace a ellos.

La mordida invernal es menos cruel en el territorio donde habito hace ya 16 años. Aquí caminar en una tarde helada sólo significa andar sobre la arena que se acumula en cada rincón del pueblo a una temperatura de diez grados centígrados; seis cuando el descenso es extremo. Salir y caminar no supone mayor riesgo que el de acercarse demasiado al otro, esa entidad sin nombre que en las condiciones actuales supone un riesgo de contagio antes propio de la ficción. Hay demasiado miedo y desánimo en el ambiente, acaso por ello resulta más gélido que otros inviernos.

Salgo a caminar; no uso el transporte público para trasladarme por los suministros básicos, es una de las ventajas de vivir en una localidad reducida. Lo registro todo con la mirada y la memoria, apuntalando su dispersa fragilidad con notas al vuelo en la libreta o el teléfono. A veces también la cámara capta fragmentos de la realidad que días o meses después parecen ser distintos. Caminar ayuda a estimular la imaginación y evita el desgaste de la curiosidad.

Quedar atrapado en lo ordinario es un riesgo latente. Posiblemente la enfermedad más dañina para el espíritu – entiéndase como la actividad intelectual y emotiva- sea el tedio. La repetición de actos cotidianos que van minando nuestra percepción del entorno y del otro. Nuestra sociedad tiende a denostar al ocioso como a un apestado que nada produce. A mí me repugna el individuo siempre ocupado en tareas infames que no le reportan más que beneficio pecuniario. En fin, mi visión siempre a favor del ocio y la curiosa observación permanece en colisión perpetua con el pragmatismo de la mayoría.

Esta semana fotografié un perro, un husky siberiano que me permitió con toda calma llevarme su imagen y la duda de cómo sobrevive aquí durante el verano. Mientras el tiempo es propicio parece disfrutar bastante de asomar sobre la barda enrejada que lo alberga; parece un animal feliz. Por un momento mientras lo observo también lo soy.

Nativity in black

La navidad ha llegado. Para quienes no tenemos filias religiosas podría ser otra de esas fechas que sólo tienen importancia para los demás; pero cuando has crecido en una cultura, por divergente que hayas hecho tu camino no dejas de pertenecer a ella. En mi caso la festividad tiene un dejo de nostalgia infantil, pero también es una oportunidad para la reunión y la reflexión. Este año que transcurrió de manera tan extraña, el haber alcanzado indemne el último tramo es ya un hecho que por sí mismo vale la pena celebrarse. Un avance en medio de la época oscura que nos ha tocado vivir.

Divagaciones I

Escucha: Divagaciones I

La memoria es aleatoria. Los recuerdos se disparan bajo el estímulo de un sonido, de una imagen vislumbrada apenas donde termina el campo de visión. Los recuerdos te asaltan y se sublevan. No queda sino dejarlos salir. Aumentar el caudal insensato de anécdotas en un mundo lleno ya de historias.

Vine al blog porque me dijeron que acá estaba mi memoria. Es un motivo lleno de trampas, puestos a ello el registro de las ideas se ha desperdigado por las redes sociales y amontona papeles donde se trazaron piezas de mi mente que ya no me pertenecen.

Aquí mismo existen vínculos a esos otros receptáculos de las formas y conceptos que me habitan, o que lo hicieron y ya han partido en busca de su propio sostén. Esas ideas e imágenes son ya de todos.

Vine acá para hilar frases como quien susurra para despertar a un muerto. El viejo blog se resiste a hundir el verbo gris en la nada vergonzosa, a cortar la lengua negra, escupirla y olvidarla como un mal sueño; de esos que abundan en este año aciago.

Acá seguimos por mera terquedad.