Para leer, comentar y compartir.

¿Es más aterradora la montaña sobre la que ascienden los cuerpos condenados que sirven de portada a Death en su disco The Sound of Perseverance, o la monolítica estructura que ilustra el álbum Arise de Sepultura?

¿Es más asfixiante El castillo de Kafka o El pabellón número 6, de Antón Chejov?

¿H.P. Lovecraft o Edgar Allan Poe?

¿Black, Doom, Power, o Death Metal?

Efectivamente, el tercer turno está de hueva.

 

 

 

 

Aún estamos con vida
de alguna manera hay que llamar a las islas de cristales
que con lujo de violencia patean las zonas más blandas de tus ojos

Mario Santiago Papasquiaro

Tengo pendiente acometer una torre de tinta que se va haciendo más alta con el tiempo, a la que no pretendo obstruir el flujo. Hace años por ejemplo que no visito con la debida cortesía a los amigos del Siglo de Oro Español, y no río con Quevedo. Extraño también a los poetas chilenos: Gonzalo Rojas, Pablo de Rokha, Enrique Lihn. Aunque en compensación Pablo Neruda, entre las jornadas de trabajo, me asalta con alguno de sus poemas desde la antología seleccionada por Rafael Alberti que tengo siempre a mano. No he leído aún todas las novelas y los cuentos de Roberto Bolaño. Me esperan dos volúmenes de cuentos de Javier Marías, y en su morada electrónica aguarda soñando H. P. Lovecraft, Contra el mundo, contra la vida de Michel Houellebecq.

Me acecha una verdadera marea negra sobre papel (otra intangible se agazapa en la memoria de un dispositivo plástico, porque a diferencia de algunos amigos, no hago el feo a las letras virtuales), de la que me mantengo oculto en la rutinaria estupidez de una oficina mínima, perteneciente a una gigantesca corporación.

Extraño los días de juventud en los que no hacía otra cosa que encerrarme a leer en casa de mi madre. Recomendaría a los jóvenes que antes de ingresar a la universidad, de engancharse a un trabajo para generar necesidades ficticias como la adquisición de un carro; un iPhone; o trozos de plástico respaldados por un banco a cambio de las horas de esclavitud; se encierren por lo menos un año para leer lo que les venga en gana. De ser posible, que incluso cuando tengan una carrera, un oficio o empleo, se alejen de esos objetos. Si me apuran, les diría que comiencen por devorar a los escritores rusos, franceses, y liberales mexicanos del siglo XIX; que en cualquier biblioteca pública están esperando los magníficos cuentos de Borges y José Revueltas. Subjetivamente invito a  lo que fue mi delirio, aunque de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.

Sé que viajar es también una experiencia que les mostrará más del mundo que cualquier aula universitaria; pero recomendar la irrupción en la carretera sería hipócrita de mi parte, pues yo no fui una entidad nómada. La primer travesía más allá de la Ciudad de México y alrededores, la realicé a los treinta años. Hoy día ni siquiera poseo un pasaporte. Mi aprendizaje y vagabundeos han sido principalmente sobre el papel.

Hubo días donde el dinero era inversamente proporcional a la cantidad ingente de tiempo que tenía para leer, y recorrí bibliotecas como un adicto buscando conectes. Siendo el peor de los estudiantes, tuve la necesidad de leer para no sucumbir aplastado por el tedio. Ahora no es muy diferente, siempre tengo la bolsa llena de libros que me resguardan del entorno; viajan conmigo a todos lados, y cuando se atraviesa un tiempo muerto salen a contarme cómo ha ido su retiro.

Extraño la época en que podía dormir poco sin que me afectara. Cuando el insomnio y el dolor de espalda convivían sin convertirse en distracción. Encuentro que mis ojos se han deteriorado, y de pronto alguna letra cambia de apariencia o se diluye en una forma borrosa (los años no pasan a lo pendejo). Un día seré la misma criatura nocturna que reflexiona hoy, pero sin la agudeza visual de ayer. Me plantearé entonces dejar de leer, aunque desde ahora sé cuál será mi respuesta ante semejante barbaridad. Seré una criatura nocturna de visión corta o nula; para entonces, espero haber entrado en contacto con uno o dos lectores  obsesivos que devoraré a plazos, guiándome por el oído.

Quizá por eso voy acumulando libros, polvo, historias; así como jóvenes amigos.

Escapar de las redes

Me entero con tristeza que el maestro José Quintero abandonó su espacio en blogspot de la misma forma en que hace meses abandonó su cuenta de Facebook. Jamás ha sido un apologista de la participación en redes sociales, pero ahí la llevaba mal que bien mostrando su  trabajo desde hace dez años en el blog; e incluso colaborando con otros artistas en la creación de un webcómic a muchas garras, antes de que el feis se tragara casi toda actividad internauta.

Al menos continúa utilizando su cuenta de Twitter para informar acerca de sus andanzas. Queda por supuesto la oportunidad de apreciar su trabajo como en la antigüedad, en revistas diversas y la adquisición de sus libros. No deja de ser una pena perder ese virtual contacto con un hombre extraordinario, aferrado en sus manías y convicciones.

Nuestra_segnora_de_Buba_Comix_BAJA

¿Me he planteado la posibilidad de desconectarme de Facebook alguna vez? Más que eso, ya di de baja la cuenta una vez, solo para volver a recuperarla como un repositorio de ideas surgidas y redactadas en Twitter. Invaiablemente queda la duda de qué sucede ahí y he terminado por asomarme y volcarme de nuevo en su actividad. Hay mucha paja, demasiada estupidez compartida y retransmitida una y otra vez en ese sitio; pero de cuando en cuando se encuentran garbanzos de a libra y siempre existe la posibilidad de contacto con individuos de los que se puede aprender mucho. A veces incluso dejar una pequeña aportación.

Lo cierto es que prefiero la estructura de la bitácora virtual. Y aunque mantendré activa mi cuenta de blogspot porque conservo entradas (no visibles) que me interesan, volcaré mi esquizofrenia en esta plataforma que he saneado (para empuercar de nuevo) y en la que tengo menos tiempo activo. Quizá un día decida (y pueda) abandonar las redes. De momento me entretiene perder el tiempo que podría usar leyendo o paseando. Viviendo, pues.

It’s only Rock n’ Roll

Maquinaria en marcha

I

No tengo reloj. Había uno colgado en la pared de alguna de las casas que he habitado con mi mujer, hasta que se detuvo y así permaneció, señalando la hora exacta solamente dos veces por día. Contrastando sobre la superficie blanca (me obsesiona pintar de blanco todo lugar donde he de vivir) con el rojo sanguíneo que cubre la madera detrás de la carátula muerta. Es un objeto simpático que nos ha acompañado en nuestra vida seminómada y guardamos por pura nostalgia entre cajas de libros y otros cachivaches. Usar uno de pulsera es impensable. Siempre me han parecido artilugios inútiles, y deleznables quienes gastan fortunas en adquirirlos aunque respeto a las personas que se ven obligadas a utilizarlos si no son ostentosos.

Ahora se verifica la hora del día en el teléfono, se observan fotografías, se escuchan canciones, se leen los periódicos.

II

El fin de semana compré una notebook y reconozco que el cacharro me trajo una gran alegría. Solía redactar mis estupideces en la compu de Dinosauria o en las obsoletas máquinas que hay en la oficina del trabajo. No me avergüenza declarar esto: cada que puedo escapo de las jornadas laborales amontonando letras o leyendo alguno de los libros que siempre van conmigo a todos lados. Pagué el juguetito de contado, como un burgués vil. Más bien como un proletario desclasado que se permite el gasto de varios días de trabajo en algo no esencial, contagiándose de una malsana satisfacción por ello. Pinche consumismo.

III

No tengo gran cosa qué decir o redactar, pero pretendo hacerlo a diario. Quité todas las entradas viejas del blog, con excepción de la primera. A ver qué sale.

In The Opium Of Black Veil.

La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco los momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso.
Anaïs Nin
Darzamat es una banda nacida en Polonia que en 1999 lanzó uno de mis discos favoritos: In The Opium Of Black Veil. Es una obra a la que regreso cada cierto tiempo como lo hago también, por ejemplo, con los libros que han marcado indeleblemente mi imaginación o señalado pautas de estilo y lenguaje que me place recorrer para asimilarlas y adaptarlas a mi bagaje cultural.
Existen emociones enraizadas a mi imaginario que despiertan ante la escucha de este álbum.
Suele suceder que determinada canción, o una colección de ellas se integren a nuestro gusto particular, y consigan fijarse a un punto cronológico del que con dificultad podremos después disociar. La música actúa entonces como una ineluctable maquinaria que nos devuelve a cierta ubicación temporal que ha dejado de existir.
Todas las canciones de este trabajo me agradan, lo que ocurre con pocos álbumes; casi siempre hay una o dos canciones que puedo eliminar en un disco, aun de bandas a las que soy devoto.
Desde Beyond The World hasta Secret Garden; puedo dejar que mi mente divague, regrese, anule lo que ocurre a mi alrededor y descubra nuevas vías por las cuales transitar un terreno tantas veces recorrido y que no termino de conocer.
Un extra es el arte de  portada y contraportada. Ambas carátulas muestran imágenes cargadas de sensualidad, de un erotismo vintage que acompaña perfectamente los acordes melancólicos y los paisajes acústicos de la obra.
Pero Darzamat no existe más.
No al menos en la forma que tenía cuando In The Opium Of Black Veil fue concebido. Ha mutado como muchas otras bandas; los músicos que se han ido y los que han llegado han hecho de Darzamat un grupo diferente. Hay cosas que aún me gustan de ellos, pero ya no encuentro en su material esa conexión hipnótica en la que el álbum citado me sumerge.
Así, a la par del reencuentro con esta obra, busco en otras propuestas ese llamado de lo maravilloso que extasíe mis sentidos.